martes, 1 de febrero de 2022

PC - Cuaderno del escocés


01/09/2005

Los grupos de 2º de ESO, decidieron recoger en un cuaderno, algunas situaciones problemáticas, dichos o sentencias, de las que no sabíamos si aparecían en los libros, pero que sí figuraban en el anecdotario de sus abuelos.

A aquel cuaderno (1) , lo llamamos El cuaderno de "El escocés”, en honor a esta entrañable historia:



El cuaderno Escocés
"Ulam, Banach, Sierpinski, Mazurkiewic, Janiszewski, Zaremba, Zygmund, Alfred Tarsky, Kuratowsky ... son nombres que destacan en la historia de la matemática moderna. Y todos ellos, sorprendentemente, coincidieron en un mismo lugar y en una misma época: Polonia, entre la primera y segunda guerra mundiales, en la ciudad de Lvov, centro administrativo de la provincia de Lviv y también centro histórico de Galitzia, una región situada a caballo entre Polonia y Ucrania.

Lvov (en ruso), Lwow (en polaco) o Lemberg (en alemán), acredita con sus diferentes nombres un pasado político agitado. Lugar de paso de las rutas comerciales que atravesaban los Cárpatos, la urbe Lvov recibió influencias culturales de ucranianos, polacos, judíos, austriacos, armenios, húngaros, griegos, italianos, serbios y moldavios. Influencias que dejaron su impronta en las fachadas de las casas, en el sinuoso trazado de las calles, en la densa atmósfera de los bares y en el carácter alegre de sus habitantes.

En este ámbito, mayoritariamente bohemio, en el que las ciencias podían ser arte y las artes ciencia, fue donde nació una de las más singulares creaciones de las matemáticas del siglo XX. Unas matemáticas que cimentaron sus conocimientos en el Departamento de matemáticas de la Universidad de Lvov, pero que cobraron vida a tan solo cien metros de allí, en el tumultuoso ambiente del Café Escocés. Entre las cinco y las siete de la tarde, especialmente los sábados, cuando ya habían finalizado los seminarios en la Universidad de Lvov, el Café Escocés se convertía en lugar de peregrinación. A él concurrían químicos, físicos, pero sobre todo acudían matemáticos. Un grupo compacto, que formaba una tertulia cerrada y que podía ser fácilmente identificado como una tribu aparte. […]

El matemático húngaro Paul Erdös (1913-1996) formuló en una ocasión una frase que se ha hecho tremendamente popular en el mundo de las matemáticas: “Un matemático es una máquina que convierte el café en teoremas”. De ser cierta dicha afirmación le Café Escocés fue, sin duda, la mayor fábrica de matemáticas de la historia.

En sus memorias Ulam escribió: “Me acuerdo de una sesión en el Café Escocés con Mazur y Banach que duró 17 horas sólo interrumpidas por las comidas. Lo que más me impresionaba era cómo se podía hablar de matemáticas, razonar y hallar demostraciones es en esos debates”. Esa maratoniana reunión dio como fruto un importantísimo teorema de análisis funcional. Cuando el café cerró, todos se marcharon cansados y satisfechos por los resultados obtenidos. Pero al día siguiente, que es cuando peligran los pequeños detalles de una demostración improvisada, se encontraron con que la mesa de mármol en la que habían estado trabajando resplandecía con un blanco luminoso. No quedaba ni rastro del teorema. Los matemáticos, encabezados por Banach, pusieron el grito en el cielo y el dueño del local les recordó, por si se les había olvidado, que el Escocés era un café y que una de las obligaciones del personal consistía en limpiar las mesas cada día antes de cerrar.

Fue entonces cuando intervino Lucja, la esposa de Banach, que le entregó una cuaderno que había elegido cuidadosamente, con las páginas en blanco y encuadernado son sólidas tapas de pasta. Le sugirió que anotara en él las cosas importantes y que al finalizar la jornada se lo dieran a alguien para que lo guardase. El dueño del café fue el encargado de responsabilizarse del cuaderno. Cuando alguien del grupo lo pedía, se lo entregaba y al finalizar la jornada volvía a depositarlo tras la barra, en un  lugar seguro. Esta pequeña complicidad hizo que el dueño del Café Escocés se sintiese definitivamente integrado en aquel grupo de “chalados”.

Se decidió que en el cuaderno se anotaran los enunciados de los problemas al inicio de las páginas impares dejando el resto y el reverso en blanco para escribir la solución. El 17 de julio de 1935, Banach escribió el primer problema. Había nacido el famoso Cuaderno Escocés. La mayoría de los problemas que aparecen en el Cuaderno Escocés tienen adjudicado un premio, que, a modo de recompensa, acostumbraba elegir el mismo autor del problema. La gama de premios es variopinta: una taza de café, 100 gramos de caviar, una botella de whisky, una copa de coñac, una cena o una ganso vivo, eran algunos de ellos.

Cuando los nazis ocuparon Lvov, ya se había tomado la decisión de poner a buen recaudo el famoso cuaderno de problemas. Lo guardaron en una caja de las piezas del ajedrez y luego lo enterraron junto a uno de los postes de la portería de fútbol del estadio de la ciudad. Los nazis mataron a varios matemáticos del grupo (Schauder, Auerbach y Kaczmarzm, entre otros). Ulam huyó a Estados Unidos, donde fue figura destacada del programa nuclear, y Banach consiguió sobrevivir la conflagración, pero murió poco después de que los rusos ocupara de nuevo Lvov. 

Después de la guerra Steinhaus recuperó el cuaderno, lo copió a mano y en 1956 el envío una copia a Ulam. Este lo tradujo al inglés y luego envió 300 copias a diferentes Universidades de todo el mundo. A partir de entonces el Cuaderno Escocés se convirtió en leyenda."

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y no sabéis... ¡cómo se guarda!, el legado de lo bueno, bueno.



(1) Los ejemplares se depositaron en la biblioteca de la Escuela.

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